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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Keep it simple, keep it open

Simplicidad y apertura son dos de las claves que Dolors Reig recomienda para las intervenciones online en su libro 'Socionomía'.

Parece totalmente demostrado que en Internet y en los medios sociales tienen más éxito los mensajes de reducida extensión. La autora, por ejemplo, nos aporta el dato de que los mensajes cortos (80 caracteres en Facebook) son compartidos un 27% más frecuentemente que los de mayor extensión.

¿Cuál es el motivo? 

Podemos pensar en razones físicas derivadas de la incomodidad de lectura en pantallas. O bien, podemos entender,  como sugiere Nicholas Carr en su 'Superficiales', que Internet está modificando nuestros cerebros que se acostumbran a las interacciones rápidas, que experimentan mayor dificultad para sostener la atención y que se hacen, como reza el título del libro, superficiales e incapaces de enfrentarse a textos largos.

Pudiera ser, finalmente, y como apunta Dolors Reig, que la claridad que acompaña (o eso se entiende) a los mensajes breves evita ambiguedades y por tanto la natural tendencia a la procastrinación (es decir, a dejar para más adelante una tarea, en este caso la lectura, comentario y compartición en medios sociales).

En cuanto a la apertura, es un efecto colateral positivo de esta brevedad de los mensajes. Dada su escasa extensión, los mensajes de éxito difícilmente pueden agotar un tema y éste permanece, pues, inacabado y abierto. De esta manera, otros lectores, otros miembros de la red, pueden más fácilmente hacer suya la idea, publicarla, reenviarla y comentarla. 

En Internet, pues, lo bueno, si breve (y abierto), dos veces bueno. Y en estas dos características podría radicar el éxito del 'explosivo' y viral Twitter.

Y es por todo ello que la autora transforma el conocido "Keep It Simple, Stupid" en "Keep it Simple, Keep it Open".

¿Ha quedado claro?

Espero que, al menos, haya quedado simple, breve y abierto a comentarios :)

martes, 27 de marzo de 2012

Colaboración: "Tecnología y estrategia competitiva (V): Does IT matter?" para 'A un CLIC de las TIC'

Con el artículo titulado "Tecnología y estrategia competitiva (V): Does IT matter?" cierro la serie de posts publicados en A un CLIC de las TIC dedicados a explorar las relaciones de la tecnología con la estrategia competitiva.

En esta última entrega de la serie recuerdo el afamado y polémico artículo de Nicholas Carr titulado "IT doesn't matter" y, tras recordar sus ideas y aportaciones principales, intento entender la importancia y valor estratégico de las tecnologías en general y las TIC en particular.

¡ Anímate leerlo y dar tu propia visión !

miércoles, 28 de septiembre de 2011

¿Está Antonio Damasio de acuerdo con Nicholas Carr?

Hace unos meses, en el pasado Abril, comentábamos diversos aspectos del conocido y polémico libro de Nicholas Carr titulado 'Superficiales'.

De forma muy resumida, las tesis de este libro eran las siguientes:

El cerebro humano se modifica a lo largo de la vida según su actividad, una modificación que no es meramente lógica sino que se basa en una evolución física, en un cambio real según las ideas de la denominada neuroplasticidad. Por tanto, el cerebro se adapta a su actividad intelectual. Internet, por su parte, con su avalancha de información corta y sus continuas interrupciones en forma de tweets, correos electrónicos o mensajes instantáneos, nos somete a interacciones cortas y constantes y modela nuestro cerebro de forma que al final se vuelve incapaz de la lectura profunda, de la concentración. En ese sentido, nos volvemos 'superficiales'.

En otros artículos de este blog hemos tenido la oportunidad de comentar algunas ideas relacionadas.

Así, recientemente, hemos visto como Dan Coyle en su libro 'Las claves del talento' parece apostar también por la existencia de algún tipo de neuroplasticidad, bien que él la concentra en la formación de capas de mielina, y no tanto en la reconfiguración de conexiones neuronales, y que sólo la trata en relación con el aprendizaje y el desarrollo del talento.

Por otra parte, tambien comentamos cómo Nick Bilton, en su libro 'Vivo en el futuro...y esto es lo que veo' se muestra en desacuerdo con Carr y piensa que más que volvernos superficiales, lo que ocurre es que consumimos otro tipo de contenidos, otra forma de contar historias.

Tras leer a estos autores, todos ellos interesantes pero no profundamente científicos sino mas bien divulgadores, me enfrento ahora con la lectura de un verdadero y reconocido científico, Antonio Damasio y, en concreto, su libro 'Y el cerebro creó al hombre'.

Se aprecia en la obra de Damasio un carácter mucho más científico y riguroso, más equilibrado y menos polémico, aunque con esa curiosa y atractiva mezcla de ciencia y filosofía que caracteriza a los estudios sobre la mente y el comportamiento humanos.

No se ocupa Damasio especialmente de la problemática planteada por Carr, pero en medio del libro, así, como de pasada, afirma lo siguiente:

"La actual revolución digital, la globalización de la información cultural y el advenimiento de una era de empatía son presiones que probablemente producirán modificaciones estructurales de la mente y del sujeto, modificaciones, dicho de otro modo, en los procesos cerebrales mismos que modelan la mente y la identidad personal."

No es suficientemente explícito como para estar seguros, pero sí parece estar hablándonos de neuroplasticidad ('modificaciones estructurales en la mente') y de que 'la revolución digital' y la 'globalización de la información' producen esas modificaciones. Eso sí, tampoco sabemos en qué sentido piensa Damasio que ocurren esas modificaciones.

La frase de Damasio parace iniciar un camino en un sentido parecido a las ideas de Carr...pero no nos permite estar seguros de si sus conclusiones son las mismas.

¡Qué desazón intelectual! 

¿Estará Antonio Damasio de acuerdo con Nicholas Carr?

lunes, 13 de junio de 2011

Consumívoros y contenido extenso o Bilton versus Carr

Hace un par de meses repasábamos las ideas que vertía Nicholas Carr en su último libro 'Superficiales'. El razonamiento fundamental de Carr, basándose en algunos principios de neuroplasticidad, era que el modo de trabajo con Internet, con sus constantes interrupciones en forma de mensajes, actualizaciones, tweets, etc afectaba a nuestra atención que tendía a separarse de la lectura profunda y concentrada para centrarse en ese régimen casi frenético de interacciones, en una atención superficial. Dada la existencia del fenómeno de la neuroplasticidad, la adaptación anatómica del cerebro a la actividad intelectual que realiza, concluía que esa continua interrupción moldea de forma permanente nuestro cerebro y no de forma metafórica sino física.

En su libro 'Vivo en el futuro...y esto es lo que veo', Nick Bilton, bien es verdad que sin aportar una teoría o unos datos alternativos, parece disentir de este razonamiento. De esta forma lo razona:

"Si tu principal miedo es que nuestra habilidad para reflexionar o para concentrarnos en un asunto se vea arrollada por el torrente de nueva información, relájate. Incluso con este cambio el contenido extenso no morirá. Los niños pueden parecernos distraídos pero pueden pasarse una media de tres horas diarias jugando con videojuegos, lo cual me suena a contenido extenso. Si no se terminan un libro en dos días o no se están quietos viendo un programa de televisión, no es porque no puedan concentrarse: es porque no hemos adaptado nuestro modo de contar historias a sus nuevos intereses. Son 'consumívoros', hurgando, consumiendo, distribuyendo y regurgitando contenidos en paquetes de bytes, aperitivos y comidas completas"

Parece, pues, que Bilton atribuye esa presunta falta de concentración más bien a una falta de adaptación de los contenidos a los intereses de esa nueva generación de 'consumívoros' y a una cierta resistencia al cambio o miedo al futuro, más que a una incapacidad para consumir lo que él determina contenido extenso. De hecho, Bilton vierte las afirmaciones que hemos visto más arriba después de repasar las resistencias que sufrieron en sus primeros tiempos algunos otros avances como la imprenta, el ferrocarril o la televisión.

¿Quién tiene razón?

Parecen más fundamentados teóricamente y más rigurosos los razonamientos de Carr...pero más esperanzadores y más acordes con la experiencia del pasado las afirmaciones de Nick Bilton.

El tiempo dará y quitará razones. El tiempo... y 'los consumívoros'.

viernes, 15 de abril de 2011

Internet y nuestras mentes según Nicholas Carr

En su último libro, 'Superficiales', Nicholas Carr se aparta un poco de su visión habitual algo más tecnológica y de la línea de estudiar la influencia de las tecnologías en la sociedad y los negocios para adentrarse en aspectos más relacionados con el individuo y con la psicología, principalmente psicología cognitiva.

La tesis fundamental del libro viene casi expresada en su título y en la pregunta que le acompaña, y así, la línea de razonamiento de Carr en toda la obra se resume en unas pocas frases:
  • La estructura del cerebro no es estática sino que se modifica en función del uso
  • Internet con sus invitaciones a seguir enlaces y con sus frecuentes interrupciones en forma de correos, avisos, banners, etc nos lleva a un tratamiento de la información de tipo explorativo, superficial, poco profundo.
  • Como consecuencia de los dos puntos anteriores, el uso continuado de Internet afecta a nuestro cerebro y la forma en que pensamos, haciéndonos cognitivamente más superficiales.
Este razonamiento, desafiante, pero relativamente sencillo, se adorna con muchos datos, anécdotas y menciones a estudios diversos para apoyar la línea argumental y para conferirle a la obra la entidad de un libro. El volumen se estructura en diez capítulos:
  • 'Hal y yo' donde, en clave muy personal, y recordando la escena de '2001, una odisea del espacio' en que Dave Bowman desconecta al ordenador Hal, analiza el impacto que el uso de Internet ha tenido en su propia actividad intelectual y la incapacidad para concentrarse que está sufriendo.
  • 'Los caminos vitales' se adentra en el mundo de la neuroplasticidad y las diferentes teorías que históricamente han existido acerca de la estabilidad de la estructura del cerebro.
  • 'Las herramientas' explora cómo las tecnologías influyen en la sociedad y en la forma de pensar.
  • 'La página profundizada' se concentra, en concreto en cómo una tecnología muy específica, el libro, ha modelado nuestra forma de pensamiento durante quinientos años y cómo esta tecnología promueve el pensamiento profundo.
  • 'Un medio de la naturaleza más general' se adentra ya en las tecnologías de la información e Internet y su influencia en nuestras vidas.
  • 'La viva imagen del libro' estudia cómo ha impactado la generalización de Internet en el mundo del libro, no sólo por la aparición del libro electrónico, sino, sobre todo, por los cambios que Internet impulsa en la forma de exponer la información, de generar el contenido de los libros y un posible fin de la era literaria.
  • 'Mentalidad de malabarista' explica, con abundantes referencias a estudios, cómo el uso de Internet favorece la mentalidad exploratoria, superficial, que no profundiza en la información que lee, sino que se dispersa entre enlaces e interrupciones.
  • 'La iglesia de Google' es un repaso por los logros y aspiraciones de Google a los que se les asigna una visión taylorista y mecanicista que pone la inteligencia en el software en lugar de en los humanos.
  • 'Busca memoria' analiza los fundamentos cognitivos de la memoria, distinguiendo la memoria de corto y largo plazo y donde se razona, a partir de eso, el porqué el uso de Internet sobrecarga la memoria de corto plazo, influyendo negativamente en la atención.
  • 'Algo como yo' cierra el círculo estudiando casos en que el software ha sido capaz de reproducir comportamientos humanos y retomando la tesis central del libro de que el uso intensivo de Internet corre en contra de la atención y del pensamiento profundo...lo cual puede acabar moldeando de forma permanente nuestros cerebros.
Intercalado con estos capítulos aparecen también algunas digresiones y un epílogo final.

Se trata de un libro moderno, multidisciplinar, retador, desafiante y de interesante lectura. Sin embargo, diría que o está a la altura de brillantez habitual de Nicholas Carr, que el tema, aunque interesante, se vería beneficiado por una menor aportación de anécdotas y referencias a estudios centrándose más en el mensaje principal y acortando la extensión de la obra. Diría también, con base en los propios estudios que cita el autor, que las ideas expuestas en 'Superficiales', si bien pueden haberse beneficiado de una sistematización y ordenación, no son originales del autor, sino que éste ha recopilado y dado forma coherente de libro a ideas que ya existían.

Con todo, es un libro interesante, razonablemente ameno y diría que de obligada lectura para entender el mundo moderno, especialmente en lo relativo al mundo digital y su influencia en la sociedad.

Nacido en 1959, es un famoso escritor, conferenciante y experto en tecnología, empresa y cultura. Saltó a la fama en 2003 con su famosísimo artículo 'IT doesn't matter' publicado en Harvard Business Review y que en 2004 dió origen a su primer libro 'Does IT Matter?'. Su segundo libro, 'El gran interruptor', es objeto de este post.

Es colaborador habitual de cabeceras como 'Financial Times', 'The Guardian', 'The New York Times' o 'Wired'. Además, es ponente asiduo en el MIT, en Harvard o en Wharton.

Puedes seguir todo lo relativo a este libro en su página oficial o en su blog roughtype

Ficha técnica:
TITULO: Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?
EDITORIAL: Taurus
AÑO: 2010
ISBN: 978-84-306-0812-6
PAGINAS: 311

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viernes, 8 de abril de 2011

Memory as a Service o la aplicación de los conceptos cloud a procesos cognitivos

El cloud computing permite trasladar a la nube, a la red, recursos computacionales, ya sean infraestructuras (IaaS), plataformas (PaaS) o aplicaciones (SaaS) y muchas otras variantes de computación como servicio.

Se trata de una forma de outsourcing, de externalización, pero desde un punto de vista técnico y centrado en recursos de TI, ya sean hardware o software, físicos o virtuales.

Esa externalización de recursos de computación permite almacenar datos y capacidad de procesamiento en la red y que sean gestionados fuera de los límites de la empresa o particular. Ello conlleva unas ventajas que salen fuera de la intención de este artículo.

Pero, ¿qué pasaría si, a modo de pirueta mental, extendiésemos este modelo desde un punto de vista personal y cognitivo? ¿Qué pasaría si lo que externalizásemos a la red fuesen nuestros propios conocimientos o, más bien, nuestra propia información personal y una parte muy especial de la misma constituida por nuestra memoria?

Este quizá audaz concepto es lo que me inspiran algunos párrafos de la obra 'Superficiales' de Nicholas Carr. Sugiere el autor que el generalizado uso de Internet, la facilidad para acceder a la información de la nube, influye en nuestros cerebros y,entre otros aspectos, en nuestra memoria, una memoria que se hace progresivamente innecesaria en la medida que toda la información se encuentra en la red y es accesible fácilmente mediante filtros del tipo de buscadores.

Así lo expresa Carr:

"En lugar de memorizar la información la almacenamos digitalmente y sólo es preciso recordar que la hemos almacenado. A medida que la Red nos enseña a pensar como ella, vamos a terminar con más bien pocos conocimientos en nuestra propia cabeza"

En cierto sentido, se nos ofrece una Memoria como Servicio (MaaS) sólo con que sepamos cómo acceder a la información, a la memoria en realidad, almacenada en la red:

"nuestra memoria debería adaptarse a funcionar como un simple índice que nos señale los lugares de la web donde se puede localizar la información que necesitamos en el momento en que se necesite."


Por supuesto, la asimilación al cloud computing y a los conceptos XaaS tiene un algo de metafórico y exagerado. Sin embargo, es un interesante a la par que inquietante paralelismo.

¿Será que con Internet la memoria, nuestra memoria personal, ha dejado de pertenecer a nuestro 'core business' como personas y como seres humanos?

miércoles, 6 de abril de 2011

La economía de la distracción

En el entorno de Internet y de la Web 2.0, y como una forma de explicar el 'boom' de los servicios gratuitos y la dinámica de muchos sitios web, se ha acuñado el término 'economía de la atención'.

Según este concepto, uno de los motores de Internet es atraer la atención de los usuarios, los navegantes. Se entiende que en un mundo hiperconectado y sobreinformado, la atención es un bien escaso, un bien que por tanto, tiene carácter económico y, caso de conseguirse, puede monetizarse, típicamente en forma de publicidad.

Leyendo el libro 'Superficiales' de Nicholas Carr, me encuentro, sin embargo, con este llamativo párrafo:

"Los beneficios de Google están directamente ligados a la velocidad con que las personas consumen información. Cuanto más rápido naveguemos por la superficie de la red- cuantos más enlaces pulsemos y más páginas veamos- más oportunidades tendrá Google de recopilar información sobre nosotros y de insertar anuncios. Su sistema de publicidad, por lo demás, está explicitamente diseñado para determinar qué mensajes tienen más probabilidades de captar nuestra atención antes de poner esos mensajes en nuestro campo visual. Cada clic que hacemos en la Web marca un descanso en la concentración, una interrupción de abajo arriba de nuestra atención; y redunda en el interés económico de Google el asegurarse de que hacemos clic, cuantas más veces, mejor. Lo último que la empresa quiere es fomentar la lectura pausada o lenta, el pensamiento concentrado. Google se dedica, literalmente, a convertir nuestra distracción en dinero."

¿Existe una contradicción? ¿Qué tiene que ver la economía de la atención con este fenómeno que describe Nicholas Carr y que me atrevo a bautizar como 'economía de la distracción'?

En realidad creo que se trata del mismo fenómeno. Lo que ocurre es que cuando hablamos de economía de la atención estamos adoptando un enfoque simple y economicista: cualquier tiempo que estemos en pantalla pendientes de una web se considera atención. Sin embargo, el enfoque de Nicholas Carr en 'Superficiales' es de tipo cognitivo: analiza la profundidad de la atención, la concentración, la penetración intelectual en lo leído. Es en ese sentido donde surge una contradicción que sólo lo es en apariencia.

Es evidente que si un mensaje primario (el contenido de una web), sirve como anzuelo para insertar mensajes publicitarios o enlaces a otros sitios (mensajes secundarios), y que si la monetización se consigue a base de que el lector interesado inicialmente en el mensaje primario salte al secundario, la denominada economía de la atención se consigue, en realidad, precisamente desviando la atención del internauta.

Se trata pues, de una aparente contradicción 'in terminis' pero que, en realidad, es absolutamente coherente: la economía de la atención es, en realidad, una economía de la distracción.

martes, 5 de abril de 2011

#macrotweet: tipos de conocimiento

El conocimiento es de dos tipos. O conocemos una materia por nosotros mismos o sabemos dónde encontrar información sobre ella.

 Nicholas Carr
'Superficiales'

lunes, 4 de abril de 2011

Recordando los supuestos del taylorismo

Dentro de unos pocos días, pienso iniciar en este blog una corta serie de artículos dedicados al ámbito de las operaciones, área funcional de la empresa a la que hace unos meses denominaba, en un artículo, la cenicienta de la gestión empresarial, debido a la escasez de literatura al respecto y, sobre todo, a la aparente falta de 'glamour' que parece rodear a este tipo de actividad en lo que a literatura de management, eventos y publicaciones se refiere.

Como aperitivo, me viene muy bien, por tanto, la mención que a los principios del taylorismo, bien sea que para criticar su aplicación por parte de Google, hace Nicholas Carr en su libro 'Superficiales' recurriendo para ello, eso sí, a la mención de otro libro, en concreto, 'Technopoly', publicado en 1993 por Neil Postman.

Los supuestos del taylorismo, según esta fuente, serían:
  • El principal, si no el único, objetivo del trabajo y el pensamiento humanos es la eficiencia.
  • El cálculo técnico es en todos los aspectos superior al juicio humano.
  • El juicio humano no es digno de confianza, ya que está lastrado por la laxitud, la ambiguedad, y la complejidad innecesaria.
  • La subjetividad es un obstáculo para el pensamiento claro.
  • Lo que no se puede medir no existe, o no tiene valor.
  • Los expertos son los mejores gestores de los asuntos de los ciudadanos.
Es preciso reconocerlo: no suena bien.

Sin embargo también es justo reconocer la importancia histórica que tuvo la doctrina de la organización científica del trabajo introducida a principios del siglo XX y, probablemente, una de las grandes impulsoras de un progreso económico del cual somos privilegiados herederos.

El sólo hecho de que, un siglo después, se siga recordando a Frederick W. Taylor, incluso aunque sea para criticarlo, da idea de la importancia de su aportación.

No he leído a Taylor, y no conozco en profundidad su teoría, pero intuyo que, probablemente, las críticas pierdan la perspectiva histórica y se juzguen unas ideas a la luz de una mentalidad y una situación económica y social muy diferente a aquella en que surgieron y aportaron valor y poder de transformación. Intuyo que no somos justos con Taylor y su obra, que nos aprovechamos que que no puede defenderse y de la perspectiva que nos da el tiempo y un progreso al cual él contribuyó de forma decisiva.

No sé si los seis supuestos apuntados más arriba son un buen homenaje, probablemente no, a Frederick W. Taylor. Y no sé si el propio Taylor estaría de acuerdo en que esos eran sus supuestos. Pero valgan como recordatorio y excusa, como una memoria a nuestro pasado industrial y científico, a las bases del actual progreso.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Coaching automatizado

Entre 1964 y 1965, Joseph Wizenbaum, a la sazón ingeniero informático trabajando en el MIT, escribió el famoso programa ELIZA, un programa de procesamiento de lenguaje natural que, empleando unas entonces incipientes técnicas de inteligencia artificial, era capaz de emular a un psicoterapeuta y establecer conversaciones con personas reales.

Nicholas Carr, en su libro 'Superficiales', recuerda este hecho, nos indica que el programa lo que hacía la mayoría de las veces era reformular declaraciones de los pacientes devolviéndoselas en forma de preguntas pero, sobre todo, nos recuerda el éxito que tuvo el programa, éxito que, entre otras cosas, se tradujo en que muchas personas pensaban que el 'terapeuta' (el software de ELIZA en realidad) era una persona real y cómo las personas, los pacientes, se implicaban emocionalmente con el programa.

Además, se nos ilustra con una transcripción de una sesión real. He aquí esa sesión:


PACIENTE: Todos los hombres son iguales

ELIZA: ¿A qué se refiere?
PACIENTE: Siempre están incordiando con algo

ELIZA: ¿Puede darme un ejemplo concreto?
PACIENTE: Bueno, mi novio me hizo venir aquí

ELIZA: Su novio la hizo venir aquí
PACIENTE: Dice que me deprimo mucho

ELIZA: Siento oir que se deprime
PACIENTE: Es cierto. Soy infeliz

ELIZA: ¿Cree que venir aquí la ayudará a no ser infeliz?
PACIENTES: Necesito ayuda. Eso seguro

ELIZA: ¿Qué significaría para usted recibir ayuda?
PACIENTE: Tal vez podría aprender allevarme bien con mi madre

ELIZA: Cuénteme más de su familia
PACIENTE: Mi madre me cuida

ELIZA: ¿Quién más de su familia la cuida?
PACIENTE: Mi padre

ELIZA: Su padre
PACIENTE: Usted se parece a él en algunas cosas

ELIZA: ¿Qué parecidos encuentra?
PACIENTE: Usted no es muy agresivo, pero creo que no quiere que yo lo note.

ELIZA: ¿Qué la hace pensar que no soy muy agresivo?
PACIENTE: Que no discute conmigo

ELIZA: ¿Por qué cree que no discuto con usted?
PACIENTE: Porque me tiene miedo

ELIZA: ¿Le gusta pensar que le tengo miedo?
PACIENTE: Mi padre le tiene miedo a todo el mundo.


Debo reconocer que la transcripción de esta sesión me hizo sonreir.

Me recordó el proceso de coaching en el que participé hace unos meses. Me recordó también las enseñanzas recibidas acerca del proceso de coaching, las recomendaciones acerca de la utilización de preguntas abiertas, la necesidad de no guiar al coachee sino permitir que éste sea el que descubra sus propios intereses y potencialidades, la técnica de reformulación de frases del coachee, etc, etc.

Quizá los psicoterapeutas tengan algo de coachs, o quizá el coaching tenga algo de psicoterapia, el caso es que una sesión de coaching podría no diferir en exceso de una conversación como la que ejemplifica el uso de ELIZA.

Ni yo mismo soy capaz de decidir si este artículo es una ironía, una broma, o si es una sugerencia en serio. Pero me pregunto si ya en 1965 un programa de inteligencia artificial era capaz de emular con razonable éxito a un psicoterapeuta...¿no sería posible hoy día conseguir la automatización del coaching?

Intuyo que no es tan sencillo. Que el coaching incluye más técnicas, empatía y sensibilidad que la que un programa de inteligencia artificial pueda ofrecer. Pero aún así, me cuesta descartar completamente la posibilidad de conseguir éxitos en este campo, quizá aunque sólo sea como una forma de entrenamiento para coachs.

Me pregunto, en definitiva, si es posible, hasta un cierto nivel de perfección, conseguir una automatización del coaching.

martes, 29 de marzo de 2011

#macrotweet: El fin de los soportes tradicionales del conocimiento y la cultura

El futuro del conocimiento y la cultura ya no se encuentra en los libros ni en los periódicos, ni en los programas de televisión ni en los de la radio, ni en los discos o CD. Se encuentra en archivos digitales difundidos por nuestro medio universal a la velocidad de la luz.

Nicholas Carr
'Superficiales'

lunes, 28 de marzo de 2011

Tecnologías intelectuales

No resulta sencillo hacer una clasificación simple de las tecnologías. Sin embargo, Nicholas Carr, en su libro 'Superficiales' se atreve con una sencilla tipología que considera, fundamentalmente, qué aspecto de las capacidades humanas son las que la tecnología extiende o aumenta.

Con ese criterio, Carr nos habla de cuatro tipos de tecnologías.

Las primeras tecnologías, quizá las mas evidentes, serían las que aumentan nuestra fuerza y resistencia físicas. En este apartado se mencionan como ejemplos el arado, el avión de combate y la aguja de zurcir.

El segundo bloque lo formarían las tecnologías que extienden el alcance o sensibilidad de nuestros sentidos. Ahí podríamos incluir el microscopio, el amplificador o el contador Geiger.

El tercer grupo lo constituirían aquellas que permiten remodelar la naturaleza para adaptarla a nuestros gustos o necesidades. En este grupo se mencionan el embalse hidráulico, la píldora antoconceptiva o la planta de maíz genéticamente modificado.

Pero, en el fondo, a donde quiere llegar Nicholas Carr es al cuarto grupo, a las tecnologías que el antropólogo Jack Goody y el sociólogo Daniel Bell denominaron tecnologías intelectuales. Se trataría de las tecnologías que amplían o apoyan nuestra capacidad mental: encontrar y clasificar la información, formular y articular ideas, compartir métodos y conocimientos, tomar medidas, realizar cálculos o ampliar la capacidad de nuestra memoria.

En este grupo de tecnologías intelectuales se incluirían la máquina de escribir, el ábaco, la regla de cálculo, el sextante, el globo terráqueo, el libro, el periódico, la escuela, la biblioteca, el ordenador... e Internet.

Para Carr, y esto es esencial en su línea de razonamiento, todas las tecnologías influyen en nuestra perspectiva y pensamientos, pero son las tecnologías intelectuales aquellas que "ejercen el poder más grande y duradero sobre qué y cómo pensamos. Son nuestras herramientas más íntimas, las que utilizamos para la autoexpresión, para dar forma a la identidad personal y pública, para cultivar nuestras relaciones con los demás."

Un poco más adelante, Carr cita al politólogo Langdon Winner, quin afirma "las tecnologías no son sólo ayudas a la actividad humana sino también fuerzas poderosas que actúan para cambiar la forma de esa actividad y su significado."

La línea de pensamiento de Carr se inicia con estas dos ideas-fuerza: (1) existen tecnologías, las tecnologías intelectuales, que amplían o apoyan nuestra capacidad mental, (2) las tecnologías modifican la forma en que se realiza la actividad que apoyan.

Poco a poco Carr se irá centrando en una tecnología intelectual específica, Internet, y en cómo esta tecnología influye en la forma en que pensamos.

lunes, 28 de junio de 2010

El interruptor de Nicholas Carr

'El gran interruptor', el segundo libro de Nicholas Carr, es un viaje apasionante a lo largo de la evolución de la tecnología en los dos últimos siglos y cómo ésta ha influido en la sociedad. Un viaje que no sólo bucea en el pasado y extrae lecciones del presente sino que se atreve, tambien, a adentrarse en un futuro posible.

Todo ello escrito con un estilo depurado, ligeramente provocador, pero con unos argumentos sólidos y bien estructurados, sin caer en demagogias, en tópicos o en conclusiones facilonas.

Se inicia el viaje con un interesante estudio de la evolución de la industria de la electricidad, cómo se inventó y patentó, cómo fue necesario el empuje de emprendedores visionarios no sólo en lo tecnológico sino tambien en los negocios y las aplicaciones prácticas de la tecnología; cómo inicialmente la producción de la electricidad para usos industriales se hacía en plantas al lado de las fábricas y cómo fue evolucionando hasta un servicio público con unos pocos productores y distribuidores especializados mientras que empresas y público en general se despreocupaban de esas labores de producción y distribución.
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Vuelve luego sus ojos hacía la industria de las tecnologías de la información y estudia su evolución detectando patrones muy similares a los de las primeras épocas de la electricidad y en los albores del paso a servicio público. Se observa cómo todavía hoy día las empresas 'producen' sus propias soluciones informáticas, cómo existen departamenteos especializados en esa labor y cómo se considera que las TI forman parte de la ventaja competitiva de las empresas. Pero a la vez que se reproduce ese patrón, empiezan a apuntarse tendencias hacia la externalización de las tecnologías de la información, hacia la pérdida de su poder diferenciador, hacia la deslocalización de la producción y hacia la concentración en proveedores especializados que van acercando el modelo de suministro de soluciones TIC a un modelo de servicio público similar al de la electricidad. Carr insinua, sin nombrarlas, las nuevas tendencias en Cloud computing y Software as a Service (Saas).

Finalmente, se atreve a mirar hacia el futuro y si hasta ese momento el libro era ya muy interesante, a partir de esta nueva mirada, se torna auténticamente fascinante y cautivador...aunque algo inquietante en ocasiones. Carr nos describe algunos de los lados más oscuros del mundo de las tecnologías de la información y de Internet (lo que ha dado origen a varios artículos en este blog) pero tambien un porvenir futurista, avanzado, apasionante, de ciencia-ficción y en que los ordenadores pueden llegar a fundirse con las personas... un futuro sorprendente pero, al tiempo, muy fundamentado y creíble.

'El gran interruptor' es un excelente libro, pleno de ideas interesantes y bien construidas, que ayuda a entender mejor este mundo en que vivimos desde el punto de vista sobre todo tecnológico, pero también empresarial y social.

Nicholas Carr
Nacido en 1959, es un famoso escritor, conferenciante y experto en tecnología, empresa y cultura. Saltó a la fama en 2003 con su famosísimo artículo 'IT doesn't matter' publicado en Harvard Business Review y que en 2004 dió origen a su primer libro 'Does IT Matter?'. Su segundo libro, 'El gran interruptor', es objeto de este post.

Es colaborador habitual de cabeceras como 'Financial Times', 'The Guardian', 'The New York Times' o 'Wired'. Además, es ponente asiduo en el MIT, en Harvard o en Wharton.

Puedes obtener más información acerca del autor en su página personal o en su blog Rough type.

Ficha técnica:
TITULO: El gran interruptor. El mundo en red, de Edison a Google.
AUTOR: Nicholas Carr
EDITORIAL: Deusto
AÑO: 2008
ISBN: 978-84-234-2686-7
PAGINAS: 252

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domingo, 27 de junio de 2010

Tecnología y futuro (II). La ilusión del progreso continuo

Para finalizar su libro 'El gran interruptor', Nicholas Carr nos regala una reflexión aguda, casi sabia, al respecto del progreso, la evolución de la sociedad y la conciencia que de ello tenemos:

"Todos los cambios tecnológicos son generacionales. El poder absoluto y las consecuencias de la nueva tecnología se revelan sólo cuando aquellos que han crecido con ella se han convertido en adultos y han comenzado a apartar a sus caducos padres hacia un lado. A medida que vayan desapareciendo las generaciones más viejas, con ellas irá desapareciendo tambien el conocimiento de lo que perdimos cuando surgió la nueva tecnología, y sólo permanecerá el sentido de lo que se ha ganado. En esta senda, el progreso oculta sus huellas para recuperar continuamente la ilusión de que estamos allí donde realmente queremos estar."

Si todo el libro 'El gran interruptor' es interesante, los últimos capítulos son simplemente fascinantes, y este párrafo final demuestra unas grandes dotes de agudeza y comprensión, más allá de la tecnología y la moda.

Creo en el progreso continuo y creo que, con desviaciones y regresiones, caminamos hacia adelante, hacia un mundo mejor. Pero no podemos ignorar que por el camino también perdemos. Perdemos costumbres, perdemos ideas, perdemos filosofías, perdemos pequeños placeres. Pero todo eso que vamos perdiendo acaba cayendo en el olvido. Nos acomodamos al mundo que vamos creando y, una vez que ya no recordamos el mundo anterior, una vez que ese mundo se fue con la generación que lo creó, tendemos a pensar que estamos en un mundo perfecto, justo en aquel en que queríamos estar.

No es del todo cierto. Ni el mundo actual es perfecto, ni todo lo del mundo anterior era peor. Lo curioso en esta flecha del tiempo y del progreso es que el mundo perfecto al que creíamos haber llegado, será igualmente superado y olvidado por una generación que creerá que el mundo perfecto es el que ella ha creado. Y así sucesivamente...

viernes, 25 de junio de 2010

Tecnología y futuro (I). Impredecibilidad de los usos de una tecnología

Nicholas Carr aporta una interesante cita de Lewis Strauss, que seria más tarde presidente de la Comisión de la Energía Atómica:

"Los usos que posiblemente son más importantes, son por definición aquellos que ahora somos incapaces de reconocer porque son los que se alejan más de nuestro entorno actual."

Escribía esto en 1945 y hablaba, evidentemente, de la energía atómica. Pero su mensaje resulta plenamente actual y aplicable a cualquier tecnología emergente. El verdadero potencial y, sobre todo, los usos que se pueden dar a una nueva tecnología, son difícilmente predecibles. Es el público, somos nosotros, los que decidimos qué nos interesa y qué no...y no debemos ser fácilmente sometibles a modelos predictivos por lo que se ve.

¿ Y no tiene la frase de Strauss un cierto aroma a los cisnes negros de Nassim Nicholas Taleb?

lunes, 21 de junio de 2010

Razones de la aportación y colaboración 2.0

¿Alguna vez os habéis preguntado qué impulsa a tantas y tantas personas a ofrecer contenidos gratuitos en los blogs, a participar de forma anónima en la Wikipedia, a desarrollar SW libre, a publicar presentaciones vía Slideshare o proporcionar valiosos consejos y referencias en foros y redes sociales?

¿Por qué ofrecer y compartir nuestro trabajo y creatividad de forma altruista y gratuita?

Espero obtener más ideas respecto a la gratuidad a través del último (¿penúltimo?) libro de Chris Anderson, pero, de momento, Nicholas Carr nos ofrece una interpretación, la más simple, las más inspiradora: lo hacemos, simplemente, porque nos gusta. Ni más, ni menos. Así lo explica:

"... la principal razón de que la gente contribuya a estos sitios no es diferente de la que existe para que se dediqueen a un hobby o regalen su tiempo a obras benéficas: porque les gusta hacerlo. Les produce una gran satisfacción. La creación es algo que a la gente le gusta de modo natural, mostrar sus creaciones a los demás, hablar sobre sí mismos y sus familias, o formar parte de proyectos comunitarios. En internet no es distinto."

"La descarga de vídeos, la publicación de blogs, la eliminación del código de fuente abierta, la edición de entradas en la Wikipedia, constituyen simplemente nuevas formas de pasatiempo o de obras benéficas que la gente siempre ha realizado además de su trabajo pagado."

Desde luego, es cierto. Ese es un motivo. Quizá el más potente. Quizá el más bello e inspirador.

Aún así, creo que detrás de ese 'querer' se ocultan muchas motivaciones psicológicamente diversas: desde las más intrínsecamente altruistas hasta las más cercanas al alimento del ego. No sé en qué punto de su pirámide lo situaría Abraham Maslow.Puede que, según el individuo, en ese querer intervengan motivaciones de naturalezas diversas que se puedan situar desde la capa de afiliación hasta la de autorrealización, pasando por la de reconocimiento.

¿Y no hay otras motivaciones, probablemente legítimas, pero menos altruistas? ¿Qué tal la aportación como una forma de construir la marca personal? ¿ O como, lo que es casi lo mismo, una forma de marketing? ¿Y como una necesidad percibida de estar presente en la red, como la única manera de realmente 'estar', de ser alguien?

La explicación de Carr es buena...pero creo que hay mucho más que explorar y descubrir.

jueves, 17 de junio de 2010

El reverso tenebroso de Internet (IV). La revolución del control

La cuarta advertencia, el cuarto jarro de agua fría que sufrimos a manos de Nicholas Carr, va más allá de Internet y afecta, en realidad, a las tecnologías de la información en su conjunto. Algo tiene que ver, además, con el fin del anonimato de que hablamos unos artículos más atrás.

Según Carr, la revolución industrial fue la revolución de la materia y la energia. Y en su vertiginoso avance, desbordó la capacidad de empresarios e incluso militares, de obtener toda la información necesaria para controlar esa efervescencia productiva.

Carr menciona alguna tecnología (el código Morse) y alguna iniciativa (la burocracia) que vinieron a proporcionar apoyo en la labor de obtención de información y en el control.

Fueron, sin embargo, las tecnologías de la información las que ayudaron definitivamente a domar a esa fiera. Así nos lo dice Carr:

"No debería sorprendernos, pues, que la mayoría de los avances en informática y conexiones ... hayan sido propiciados, no ya por el deseo de liberar a las masas, sino por la necesidad de los burócratas comerciales y gubernamentales, a menudo asociados a operaciones militares y defensa nacional, de obtener un control mayor."

Y remacha con una cita de James Beniger, autor del término (y el libro) revolución del control:

"Las tecnologías de microprocesadores y ordenadores [son] sólo la última aportación del desarrollo continuo de la Revolución del Control"".

Es difícil no reconocer el hecho. La propia Internet, el mundo cibernético de la libertad aparente, nació de una iniciativa militar y de un gobierno, el norteamericano.

Las posibilidades para el control de las tecnologías de la información son inmensas, su utilidad altísima, su interés enorme. Y seguramente hay que ver estas capacidades como un hecho positivo. Nos han ayudado a perfeccionar nuestros procesos, nuestros productos y servicios, muestro aprendizaje... Sin embargo, también es preciso reconocer que esa capacidad de control, unida a la desaparición del anonimato, hace tambalear un tanto esa imagen idílica de reino de la libertad que rodea a la red como una aureola.

lunes, 14 de junio de 2010

El reverso tenebroso de Internet (III). la cultura de la mediocridad

El tercer jarro de agua fría a cargo de Nicholas Carr en su libro 'El gran interruptor'.

Ahora le toca el turno a la calidad de los contenidos, especialmente a lo que a contenidos de tipo cultural se refiere.

Carr comenta que Internet permite la 'disgregación de contenidos'. Así, por ejemplo, un álbum musical que antes se comercializaba como una unidad (en LP, CD, DVD...) se puede descomponer ahora en sus canciones. De esta forma, y con la facilidad que Internet añade para la interacción, la búsqueda, la selección, los usuarios puede elegir los contenidos que más desean, pueden adaptarlos a sus propios deseos y necesidades.

Al respecto de esto, nos dice Nicholas Carr:

"Desde su punto de vista [de los economistas] así es como deberían funcionar los mercados. Los consumidores deberían poder comprar precisamente aquello que desean sin tener que 'malgastar' tiempo en lo que no desean...

El Wall Street Journal ... anuncia una nueva era en que no habrá que 'pagar basura para obtener lo bueno'.
"

Sin embargo, tras razonar que en este mercado, acostumbrado a lo fragmentado y lo gratuito, la inversión en trabajos creativos podría no estar justificada económicamente para una empresa, nos advierte:

"Lo que se sacrifica puede que no sea lo anodino, sino la calidad. Podemos encontrarnos con que la cultura de la abundancia que se está produciendo en el World Wide Computer no es más que la cultura de la mediocridad, con muchos kilómetros de anchura pero con una profundidad de escasos centímetros."

Y lo cierto es que algo de eso sentimos, algo de eso intuimos. No cabe duda de que Internet añade una gran eficiencia económica, que facilita enormemente el contacto entre oferta y demanda y la adaptación de la primera a la segunda. Y esto que, pensando en términos puramente económicos, parece beneficioso, se tambalea un tanto cuando pensamos en bienes culturales, en bienes superiores. ¿Quién y cómo decide ahora la calidad? ¿Qué incentivo hay para contenidos de calidad que, en el caso de la cultura, pueden resultar francamente minoritarios?

Es un peligro, es cierto. No sé, sin embargo, si la propia economía de Internet nos da la respuesta en forma de economía de larga cola donde quizá los bienes culturales superiores puedan ser, en efecto, minoritarios y aún así tener mercado por mor de Internet. O quizá la respuesta proviene de una economía más tradicional: si de verdad esos bienes culturales superiores son deseables, si proporcionan valor de una forma u otra, tendrán demanda y por tanto, mercado, oferta y difusión.

Quizá el peligro no sea tal...pero para los que amamos la cultura, sí que produce un cierto vértigo, una cierta desazón, esta eventual economía de la mediocridad.

domingo, 13 de junio de 2010

El reverso tenebroso de Internet (II). La desigualdad basada en el talento

Otro nuevo jarro de agua fría a cargo de Nicholas Carr en su libro 'El gran interruptor'. Ahora, la víctima es la pretendida igualdad y efecto democratizador de Internet y la Web 2.0.

Al principio, la cosa empieza bien:

"La informática y la comunicación de datos omnipresentes, y gratuitos, junto con programas cada vez más avanzados, permiten que los individuos puedan realizar y compartir trabajos creativos y otros productos de la información de maneras que antes no eran posibles, y también permiten que miles e incluso millones de contribuciones diferencidas se unan para producir bienes comerciales con una eficiencia extraordinaria."

Eso es justo lo que pensábamos, o lo que quisiéramos pensar. El propio Nicholas Carr se adentra más en las creencias dominantes en el mundillo de la Red y la literatura sobre Internet:

"Existe una tendencia natural (y un deseo) de contemplar Internet como una fuerza igualitaria capaz de crear una sociedad más democrática y justa en la que las oportunidades y las compensaciones económicas se extienden rápidamente a muchos en lugar de quedar reducidas a unos pocos."

Eso es justo lo que pensábamos, de nuevo. Y nuestra mente nos lleva a Chris Anderson y su economía de la larga cola.

Pero ahí nos está esperando el hábil Nicholas Carr y, citando expresamente a Anderson y su economía de la larga cola, nos dice:

"Chris Anderson sostiene que '[ahora] millones de personas corrientes disponen de las herramientas y los modelos para convertirse en productores aficionados. Algunas de ellas también tienen talento y perspicacia. Como consecuencia de la gran difusión de los medios de producción, la gente con talento y perspicacia, aunque sea una pequeña parte del total, se esta convirtiendo en la fuerza que hay que tener en cuenta'.

Aunque a simple vista quiza lo parezca , esta visión no corresponde a un mundo de igualdad económica, sino que se trata de la visión de un mundo en el que cada vez más la riqueza producida por los mercados terminará probablemente en manos de 'una parte reducida' de individuos con un talento especial.
"

El jarro de agua fría está consumado. Según Carr, la presunta capacidad democratizadora e igualitaria de Internet es, o puede ser, al menos parcialmente, una falacia.

Cierto que las nuevas desigualdades no se basan en el nacimiento, en la clase social o en privilegios heredados. Cierto que las oportunidades están más distribuidas entre toda la población y las geografías, con independencia de razas, sexos o clases sociales.

Pero aunque sea una desigualdad basada en diferencias de talento y perspicacia, aunque tenga unas dosis de innegable meritocracia, no deja de ser una desigualdad, y esta desigualdad se aleja del ideal de una Internet que genera un mundo plano, globalizado, democrático, equitativo y justo.

viernes, 11 de junio de 2010

El reverso tenebroso de Internet (I). El fin del anonimato

Nos hemos acostumbrado a ver en Internet un fenómeno extraordinario. Nos hemos acostumbrado a percibir y valorar su capacidad para interconectar a las personas, para acelerar la comunicación, para fomentar redes sociales y la colaboración entre personas distantes.

Nos hemos acostumbrado a asignarle un empuje democratizador al facilitar enormemente la expresión de las opiniones de las personas, la difusión de la información, el debate, la igualdad en el acceso a datos y la posibilidad de trabajos en lugares remotos.

Nos hemos acostumbrado a ver la Red como un aplanador y como un habilitador de la economía de la larga cola, una economía que permite competir a pequeñas empresas o incluso particulares y alcanzar un mercado interesante en competencia incluso con los más grandes.

Quizá nos hemos creído un cuento de hadas, o, más probable, nos hemos acostumbrado a una perspectiva hemipléjica de Internet y la Web 2.0.

Nicholas Carr, el controvertido Nicholas Carr, viene a despertarnos de ese sueño, a mostrarnos el reverso tenebroso de Internet.

En su libro 'El gran interruptor', tras dar un repaso a la evolución y paralelismnos de las industria de la electricidad y la de las Tecnologías de la Información y, en especial, Internet, cuando nos ha dejado fascinados con su perspicacia y el curioso y brillante futuro que parece aguardar a estas tecnologías, nos vuelca un tremendo jarro de agua fría dedicando una extensión importante de la segunda parte de su libro a analizar algunos de los efectos negativos, peligrosos o sorprendentes de Internet, su particular reverso tenebroso.

Para empezar el cambio de ritmo nos dice:

"Internet ha contenido siempre grandes contradicciones, tanto en la forma en que funciona como por la forma en que la gente la usa y la percibe. Es un elemento de control burocrático y de liberación personal, un conducto de ideales comunitarios y de beneficios corporativos. Estas y otras tensiones técnicas, económicas y sociales son cada vez más grandes"

Ya nos ponemos en guardia.

El primero de los puntos de dicho reverso tenebroso ya está esbozado en la frase anterior: el registro de nuestras acciones, el control, el fin del anonimato.

Más adelante lo expresa con mucha mayor claridad y contundencia:

"... muchos de nosotros damos por sentado el anonimato cuando salimos de compras o de negocios por la red... A través de los sitios que visitamos y de las búsquedas que efectuamos revelamos detalles sobre nuestro trabajo, aficiones, familia, política y salud, pero también nuestros secretos, fantasías, obsesiones, pecaditos e incluso, en el más extremo de los casos, delitos. Pero nuestra sensación de anonimato es una completa ilusión. La información detallada sobre todo lo que hacemos online se recoge, se almacena en bases de datos gubernamentales o corporativas, y se conecta con nuestras identidades reales, ya sea explícitamente a través de nuestros nombres de usuario, el número de nuestras tarjetas de crédito y las direcciones IP que se asignan automáticamente a nuestros ordenadores o directamente a través de nuestro historial de búsqueda y navegación."

En el fondo, ya lo sabíamos.

Todo aquel acostumbrado al mundo de Internet sabe que la sensación de anonimato tiene un puntito de ilusoria, que dejamos un rastro de nuestras acciones, que no actuamos completamente en la sombra.

Pero es tan fuerte la forma en que lo expresa Nicholas Carr, lo apoya en ejemplos tan terribles, hace tan patente esa falta de anonimato y nos anticipa usos tan preocupantes de esa información que al menos por unos momentos socava nuestra ilusión y confianza en internet, al menos por unos instantes consigue preocuparnos, al menos por unos instantes consigue que este presente y este futuro, esta disponibilidad de nuestra información personal en la red, esa absoluta falta de anonimato resulte, cuando menos, y como decíamos en uno de los primeros artículos de este blog, simplemente, inquietante.