jueves, 17 de junio de 2010

El reverso tenebroso de Internet (IV). La revolución del control

La cuarta advertencia, el cuarto jarro de agua fría que sufrimos a manos de Nicholas Carr, va más allá de Internet y afecta, en realidad, a las tecnologías de la información en su conjunto. Algo tiene que ver, además, con el fin del anonimato de que hablamos unos artículos más atrás.

Según Carr, la revolución industrial fue la revolución de la materia y la energia. Y en su vertiginoso avance, desbordó la capacidad de empresarios e incluso militares, de obtener toda la información necesaria para controlar esa efervescencia productiva.

Carr menciona alguna tecnología (el código Morse) y alguna iniciativa (la burocracia) que vinieron a proporcionar apoyo en la labor de obtención de información y en el control.

Fueron, sin embargo, las tecnologías de la información las que ayudaron definitivamente a domar a esa fiera. Así nos lo dice Carr:

"No debería sorprendernos, pues, que la mayoría de los avances en informática y conexiones ... hayan sido propiciados, no ya por el deseo de liberar a las masas, sino por la necesidad de los burócratas comerciales y gubernamentales, a menudo asociados a operaciones militares y defensa nacional, de obtener un control mayor."

Y remacha con una cita de James Beniger, autor del término (y el libro) revolución del control:

"Las tecnologías de microprocesadores y ordenadores [son] sólo la última aportación del desarrollo continuo de la Revolución del Control"".

Es difícil no reconocer el hecho. La propia Internet, el mundo cibernético de la libertad aparente, nació de una iniciativa militar y de un gobierno, el norteamericano.

Las posibilidades para el control de las tecnologías de la información son inmensas, su utilidad altísima, su interés enorme. Y seguramente hay que ver estas capacidades como un hecho positivo. Nos han ayudado a perfeccionar nuestros procesos, nuestros productos y servicios, muestro aprendizaje... Sin embargo, también es preciso reconocer que esa capacidad de control, unida a la desaparición del anonimato, hace tambalear un tanto esa imagen idílica de reino de la libertad que rodea a la red como una aureola.