viernes, 19 de junio de 2026

La humanidad como metáfora (II): el caso de la robótica

En el post anterior de este blog introduje la reflexión sobre el uso de la metáfora humana en lo que tiene que ver con la inteligencia artificial.

Esa metáfora se manifiesta fundamentalmente en lo que tiene que ver con el vocabulario usado para referirnos a las capacidades de la inteligencia artificial, comenzando por el propio término inteligencia, y siguiendo por otras términos como reflexión, introspección, memoria, visión, etc

Pero también vimos que, más allá del lenguaje usado, hay aspectos más profundos que una mera metáfora, como el uso del ser humano, en este caso su cerebro, como fuente de inspiración científica para diseñar sistemas de inteligencia artificial y quizá, sólo quizá, o sólo para algunas personas y colectivos, su emulación y superación, como objetivo final de la inteligencia artificial,   

En este segundo artículo, voy a saltar al campo de la robótica, una disciplina bastante diferente pero cada vez más entremezclada con la inteligencia artificial.


El cuerpo como diferencia


Aunque el debate tendrá elementos comunes con el caso de la inteligencia artificial, la gran diferencia que se plantea en el caso de los robots, es que éstos, al menos en su mayoría (y digo esto de la mayoría para evitar el debate de si los robots software son robots), poseen un 'cuerpo' ('embodyment') una realidad física tangible con lo que la metáfora no se traslada sólo a lenguaje o funcionamiento, sino también a la forma, a la apariencia.


Robots y humanos digitales


Hay, sin embargo, un punto intermedio que conviene resaltar, y es el de los avatares o humanos digitales, es decir, una forma de chatbots que se presentan en pantalla con una forma humana, en algunos casos bastante fiel y detallada.

Por tanto, una buena parte, aunque no todo, de lo que digamos respecto a los robots 'con cuerpo', se aplica a los humanos digitales 


Las capacidades cognitivas y relacionales


Antes advertir que en el caso de los robots más avanzados, en el fondo en los que me estoy centrando, vienen dotados de capacidades cognitivas de la inteligencia artificial. Esto quiere decir que todo lo que dijimos en el post anterior de esta serie tanto sobre nomenclatura de tintes humanos, como sobre inspiración científica en el cerebro humano o posible objetivo final de la inteligencia artificial se traslada completamente al caso de estos robots cognitivos.


La forma: robots sociales y humanoides


Enlazando con lo que decíamos anteriormente sobre el cuerpo, en el caso de los robots la metáfora humana afecta muy directamente a su forma, a su cuerpo.

Muchos robots, como los manipuladores industriales, los robots móviles o los robots para reparto, adoptan formas plenamente funcionales, adaptadas a su labor y que nada tienen que ver con los humanos.

Pero existen dos importantes clases de robots, con algún solape entre ellos, en que la metáfora humana es evidente en cuanto a la forma. Me refiero a los robots sociales y a los robots humanoides.

Robot Neo

Los primeros, los robots sociales, son la contrapartida física de los chatbots, es decir, se trata de robots cuya misión principal es la de relacionarse con humanos. En ese sentido, no sólo utilizan el lenguaje natural y la voz como forma de comunicación, sino también elementos de lenguaje no verbal como la mirada, la distancia social o los gestos. Aunque no todos los robots sociales son antropomórficos, una buena parte de ellos sí que lo son. Entre los representantes más conocidos de los robots sociales podríamos mencionar a Pepper y Neo, aunque existen otros, quizá más experimentales, como la famosa Sophia o Amecca... y muchos más. Aunque son antropomórficos, y en algún caso como los geminoids imitan profundamente la forma humana, la mayoría tienen un aspecto indudablemente robótico.

Robot Optimus

El otro caso, es el de los robot humanoides. Siendo rigurosos con los términos, los robots sociales antropomórficos serían también humanoides, pero en esta categoría me refiero a robots más orientados a ámbitos industriales o a realizar tareas, incluso en el hogar y, por tanto, algo menos relacionales en su objetivo. Estaría hablando de robots como Optimus o Figure, por poner un ejemplo. Son robots técnicamente mucho más sofisticados que los robots sociales, más entrenados en la realización de trabajos y con mucha mayor destreza 'manual'.  


El papel de la forma humana en los robots


Aunque podamos pensar que el dotar a robots de forma humana es una forma de fantasía, de ser capaces de crear seres como nosotros, no es ésta la motivación verdadera, al menos no en la mayor parte de los casos.

Creo que se pueden identificar dos grandes motivaciones para el uso de la forma humana, una de naturaleza operativa y otra relacional (que, en el fondo, también acaba siendo operativa).


La motivación operativa


La primera naturaleza operativa tiene que ver sobre todo con los robots humanoides. En el post 'Especulando sobre un mercado para robots humanoides (I): proposición de valor', argumentaba que unos de los elementos de la proposición de valor de los robots humanoides es su versatilidad.

¿Qué quiere decir esto?

Otro tipo de robots, como los manipuladores industriales, pese a estar dotados de cierta flexibilidad, en el fondo están circunscritos a un conjunto acotado de tareas posibles. Sin embargo un robot humanoide puede acometer muchas más tareas y muy diferentes.

Pensemos que la anatomía del ser humano es fruto de milenios de evolución y capacita al ser humano para realizar todo tipo de tareas, incluyendo el desplazamiento por todo tipo de terrenos. Imitar la forma humana, no deja de ser una forma de biomímesis que hereda todo lo que de bueno tiene el cuerpo humano para acometer tareas de todo tipo y que posibilita a su vez a robots con esta morfología el acometer una gran variedad de tareas.

Esta flexibilidad, tiene indudable valor de negocio e ingeniería y facilita la producción masiva y las economías de escala que se derivan.

Además, en muchas de las tareas que queremos confiar a los robots humanoides, sustituirían a los humanos y parece que el que los robots estén dotados de una morfología similar a la del ser humano contribuye a que puedan realizar tareas similares a éste. 


La motivación relacional


La motivación relacional, aunque afecta también a los robots humanoides, tiene mas que ver con los robots sociales e incluso los humanos digitales.

Parece lógico pensar que el uso de mecanismos 'humanos' en la relación, no sólo el lenguaje verbal (procesamiento de voz y lenguaje natural), sino también el lenguaje no verbal con sus gestos, miradas, entonaciones etc facilita la comunicación entre personas y robots.

Dado que las características relacionales humanas se desarrollaron evolutivamente, fundamentalmente para engrasar las relaciones entre personas, si los robots son capaces de utilizar o emular los mismos mecanismos verbales y no verbales, la comunicación persona-robot fluirá de manera natural y sin necesidad de adaptación o aprendizaje por parte del humano.

En el fondo se trata de una manera algo particular y especializada de biomímesis.

Y esa comunicación, especialmente en sus aspectos no verbales, se beneficia también de una forma más o menos humana del robot, no sólo porque le permite al robot hacer gestos o usar miradas de forma más similar a un humano sino porque, en el fondo, lo vamos a aceptar mucho mejor.

Decía más arriba que esta motivación relacional en el fondo es también operativa porque es el robot el que se adapta al humano y por tanto para éste, para el humano, es muy sencillo, casi trivial, relacionarse con el robot, lo que elimina la necesidad de entrenamiento, aprendizaje o adaptación por parte del humano y facilita la adopción de la tecnología y su uso e interacción en el día a día.


El valle inquietante


Sin embargo, existe una limitación, no demostrada pero claramente admitida en esa imitación a la morfología humana: el valle inquietante ('uncanny valley').

Está bastante admitido que los humanos acogemos mejor a un robot cuanto más se va pareciendo a nosotros...pero eso tiene un límite. Si se parece 'demasiado' a un humano, si es casi igual (aunque sin llegar a ser igual) lo que era aceptación se convierte de repente en un profundo rechazo.

Dicho de manera familiar, queremos que los robots se parezcan a los humanos pero 'que no se pasen', que no dejen de seguir teniendo un aspecto razonablemente robótico.


El aprendizaje de los robots y la inspiración humana


Hay otro aspecto menos conocido de los robots en que se experimenta con mecanismos de clara inspiración humana: el aprendizaje.

Pese a que los robots avanzados, los robots cognitivos, obtienen sus capacidades cognitivas de la inteligencia artificial, presentan en ocasiones particularidades en cuanto a su entrenamiento que difieren de los mecanismos usados en la inteligencia artificial generalista.

Algunas de las dificultades del aprendizaje, que podrían considerarse generales pero que afectan sobre todo a robots cognitivos son el 'grounding', es decir, que sepan ligar los conceptos a las realidades físicas del mundo y la adquisición de conocimientos de naturaleza más cultural.

Aunque es posible que mecanismos como los VLAM (Vison-Language-Action Models) y los World Models a ellos asociados, resuelvan de una forma algo más algorítmica y similar al entrenamiento de otros modelos generativos, esos problemas, ya desde hace un tiempo se experimenta con formas de aprendizaje inspiradas en el aprendizaje humano, como son el aprendizaje por imitación ('imitation learning') o toda la propuesta de la robótica del desarrollo ('developmental robotics') en que se imita en cierto modo el aprendizaje en niños.

Estaríamos hablando en este caso, pues, de la metáfora humana como inspiración científica. De nuevo, una forma especial de biomímesis.


Personalidad y empatía


Un punto en que se comienza a extremar la metáfora humana es lo que tiene que ver con personalidad y empatía. 

Ya desde hace años, con chatbots relativamente básicos, uno de los primeros pasos del diseño del chatbot es la decisión de la personalidad que deseamos que exhiba. En general, cualquier chatbot moderno y robot social, salvo que por algún motivo se decida lo contrario, va ser amable y servicial. Pero lo importante es que la metáfora no afecta sólo a la forma y a procesos cognitivos más intelectuales, sino también a la dotación a chatbots y robots de personalidad propia, una personalidad, por supuesto, perceptible por los humanos con que dialoga.

No sólo eso, se dota a este tipo de soluciones de una cierta empatía. Por supuesto, se trata de una empatía impostada, no sentida, pero a efectos prácticos y relacionales eso es casi irrelevante: el robot o el chatbot se muestran empáticos y las personas los perciben como tales.

Y, por cierto, no estoy hablando de una metáfora sólo como terminología, sino como comportamiento absolutamente real.


Las emociones


En la misma línea, pero yendo un poco más allá, la metáfora se extiende hasta las emociones. Los chatbots y robots avanzados son capaces en algunos casos de percibir las emociones del humano tanto por su lenguaje verbal como, en los casos más avanzados, por el lenguaje no verbal.

Y, claro, no es sólo que sepan percibir las emociones de los humanos, es que pueden tener  capacidad para simular, de forma consistente, sus propias emociones.

De nuevo, no se trata de una metáfora meramente terminológica, sino plenamente operativa y perceptible.


El problema de la vinculación afectiva


No voy a profundizar mucho en esto ahora, pero sí mencionar que entre las problemáticas éticas que generan estos robots sociales o humanos digitales avanzados, varios de los más representativas tienen que ver con la vinculación afectiva que se puede producir, tiende a producirse de hecho, entre el humano y el robot o chatbot.

Un tema delicado, sin duda, y que conduce a otros riesgos relacionados con la influencia y la autonomía.


El problema del engaño


En los casos más avanzados, y quizá implicando a humanos poco advertidos o poco maduros, se puede producir un engaño, una confusión, en que el humano piense que realmente el robot o chatbot con que se relaciona, es más o menos consciente y tiene verdadera inteligencia, verdadera personalidad, verdaderos sentimientos.

En este caso, la metáfora casi, casi, dejaría de ser tal, porque algunas personas se la tomarían no como metáfora, sino como realidad.

Esto, aparte de falso, es peligroso y, de hecho, el reglamento europeo de inteligencia artificial pide explícitamente que estos artefactos se identifiquen claramente como tales, evitando o intentando evitar el engaño.

De todas formas, evitar el engaño creo que, más allá de leyes, depende también de cierta divulgación correcta de lo que son este tipo de ingenios, y casi diría también de cierto sentido común por parte de las personas. 


Conclusiones


La metáfora humana en el caso de los robots o ingenios con ciertas características similares, adopta características diferenciales respecto a las que vimos de la pura inteligencia artificial en gran medida porque los robots incluyen un cuerpo físico, que también en su forma adopta la metáfora

Pero además, tiende, con mas intensidad que en el caso de la pura inteligencia artificial, a extenderse a elementos relacionales que implican personalidad, empatía y emociones. 

Y eso conlleva algunos riesgos, incluyendo que la metáfora deje de ser reconocida como tal y se convierta en un engaño, quizá un auto-engaño.


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