miércoles, 18 de enero de 2017

Cuando lo que importa es más lo artificial y menos la inteligencia

La inspiración de la inteligencia artificial ha sido el cerebro humano o, quizá mejor, su inteligencia, su forma de razonar y comportarse, una mecánica que le permite aprender, intuir, conectar hechos complejos e inciertos...

Algunas técnicas de la inteligencia artificial, típicamente las redes neuronales, de hecho, nacen de una cierta metáfora tecnológica, una suerte de analogía que intenta mediante diseños que imitan la naturaleza conexionista del sistema nervioso, conseguir resultados similares.

Y, de hecho, y más en los últimos tiempos, parece que esa imitación empieza a tener importantes éxitos y aún mayores expectativas.

Sin embargo, y paradójicamente, puede que a veces lo que deseemos de la inteligencia artificial sea que, precisamente, sea más artificial y menos humana porque, al fin y al cabo, y aunque nuestro cerebro es absolutamente sorprendente, también es imperfecto y, en ese sentido, mejorable.

En un punto de su libro 'The inevitable', Kevin Kelly razona sobre la inteligencia artificial y su aplicación en los coches autónomos y en ese pasaje nos dice:


One of the advantages of having AIs drive our cars is that they won't drive like humans, with our easily distracted minds.


En efecto, uno de los posibles defectos de nuestro cerebro es que se cansa, que pierde atención y eso, en labores como la conducción, es peligroso. Sin embargo, un cerebro artificial no se cansa ni disminuye su atención y eso le podría permitir, siendo igual el resto de condiciones, mayores dosis de seguridad y fiabilidad.

Probablemente, no convenga ser dogmáticos y las mejores soluciones sean mixtas, aprovechando lo mejor de lo más artificial de las máquinas, su potencia, su fiabilidad, su 'perfección' y mezclándolo con algoritmos que se acerquen a lo mejor del pensamiento humano: su razonamiento abstracto, su creatividad, su intuición, su capacidad de improvisación...

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