domingo, 18 de octubre de 2009

El estrés como aprendizaje directivo

Es indudable que una de las 'enfermedades' que afectan al directivo actual es la del estrés. Y es indudable también que la existencia del estrés debe recibir una valoración global negativa. Sin embargo, esta semana he hecho una observación en vivo y en directo que me ha hecho pensar que, a pesar de esa valoración global negativa, el estrés puede tener algún pequeño efecto colateral positivo.

Se dice, de hecho, que de las experiencias más duras, más difíciles, es de las que se obtiene un mayor aprendizaje. Y quizá eso suceda también con el estrés.

Esta semana he tenido la ocasión de contemplar a un directivo con el que trabajo estrechamente, y que por ello me consta está sometido a alto estrés. Y le he contemplado en su proceso de decisión, en la forma en que tomaba opciones en situaciones variadas y complejas. Y me admiró la rapidez con que lo hacía...rapidez que no implicaba improvisación o negligencia...simplemente, se informaba muy rápidamente de los aspectos fundamentales del problema...y tomaba una decisión.

Me hago a la idea de que es una manera de hacer de la necesidad virtud. Ante la sobrecarga de trabajo, ante el estrés, y ante la gran cantidad de decisiones por tomar, el directivo tiene que destilar, purificar, reducir a su esencia el proceso de decisión. La falta de tiempo impide los análisis largos o el posponer decisiones. El directivo se ve obligado a adoptar decisiones rápidas, con cierto fundamento pero también sin todos los datos, con un cierto grado de incertidumbre.

Y esa capacidad de tomar decisiones ejecutivas, rápidas, en entornos de incertibumbre, es una cualidad fundamental del directivo. Una cualidad, que, paradójicamente, se desarrolla especialmente bien en situaciones de estrés.